Ellos son demasiados estrafalarios en escena

Los Estrafalarios está fuera de la historia. Es un homenaje a los Guloya. Y los homenajes, se sabe, no están más allá del bien y del mal, pero sí están más allá de los caprichos de la historia a la que cuesta poco traicionar. La parodia, o si se prefiere, la carencia del libreto es ubicar una intriga que poco tiene que ver con los quiebres del devenir televisivo, precisamente en uno de esos momentos en que la historia crujía: estamos en los 80’s; fue la “década perdida”, la de democratización y austeridad (paradójicamente), la de utopías desvanecidas.

Estrictamente hablando hay poco de original en esta trama. La puesta en escena es, si se quiere, crepuscular. La historia se desarrolla cuando los hermanos Vangust celebran la primera semana de su show de televisión, el cual no ha generado ningún ingreso económico para cubrir los gastos.

Los Vangust se ven en la obligación de despedir a casi todos sus empleados con el fin de quedarse con el control absoluto del canal de tv, sin pagar liquidación, pero los pocos empleados que quedan tomarán las riendas del espectáculo.

La originalidad que salió por la puerta entra por la ventana.

Más importante, y volviendo a los orígenes, la televisión que (antes o ahora) colapsa no lo hace por los empalagosos conocimientos que aporta la historia, sino porque viene de un homenaje, en el que las explicaciones sobran.

Por eso la frivolidad de todo el asunto resulta, a fin de cuentas, refrescante. Porque la decadencia de la televisión en los años 80’s y esos días en que el mundo se apresaba para ver si lo que veía en el televisor era cierto quedan resueltos en el ingenio de la programación y de sus programas, en ayuda de quien llegan, a falta de razones, los Vangust, dos hermanos invariables en su conducta y moralidad.

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Hay un tema que inunda la obra y es el de la abstracción. En estricto sentido Los hermanos Vangust ya no manejan dinero, sino una combinación de imágenes e información que les permite estar apartados del mundo, protegidos por un decadente espectáculo que más bien parece una burbuja imaginaria o una pantalla desde la cual se ve, debidamente protegido, el mundo real, que opone una resistencia a la programación del show. Este mundo para los protagonistas (Noel Ventura e Ibsen Ravelo), sencillamente no existe, porque carece de ser concreto. Es un telón de fondo, una decoración, un pretexto. ¿Qué queda entonces?

Las coreografías, los comerciales y las canciones cantadas en off, que se suceden a buen ritmo, es una transposición directa de la televisión de aquellos años, y logra una bienvenida ráfaga de frescura visual. Pero, además, y como hay que respetar, si no la sustancia, al menos la forma de la historia.

Por supuesto, toda la industria televisiva es solo bulto y poca reflexión. Pero, el teatro y los personajes estrafalarios son así, primero homenajean a sus maestros y luego olvidan su esencia. Mientras tanto el teatro contemporáneo dominicano sigue caminado sobre las aguas esperando a sus Mesías.

¡Ay aquellos años 80’sÖ! ((El homenaje a los Guloya resulta una parodia que poco tiene que ver con los quiebres del devenir televisivo, precisamente en uno de esos momentos en que la historia crujía: los 80’s

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