¿Y si hubiera pasado aquí?

Por Matias Bosch

La contundente victoria electoral del MAS en Bolivia, tanto a nivel presidencial como congresual, echa por tierra el exitismo y envalentonamiento con que la derecha latinoamericana -Luis Almagro a la cabeza- habían depuesto al Proceso de Cambio que gobernaba el país desde 2005.

En efecto, Bolivia, presidida por Evo Morales, era el alumno indisciplinado de la clase. No había experimentado crisis económica ni social alguna, y tampoco había aparecido un Lenin Moreno que se prestara al burdo y patético juego de la traición.

El Estado de Derecho funcionaba con normalidad. El MAS era la principal fuerza política, no había grietas en su interior ni fuerza capaz de derrotarlo con votos. Y, por si fuera poco, el país era la joya económica de Sudamérica.

Entonces Luis Almagro con el buque de la OEA, invitados de buena voluntad a observar las elecciones de octubre de 2019 y luego a auditarlas, se inventaron un fraude en un informe que sacaron entre gallos y medianoche rompiendo todos los protocolos.

El tren del golpe de Estado se echó a andar, Almagro se ocupó de satanizar a Evo Morales como un tiranuelo en medios y foros internacionales, la prensa tipo Fernando del Rincón y Jaime Bayly colaboró activamente, los grupos radicalizados del sectarismo racista y religioso le dieron a la operación un aire de cruzada, los policías se amotinaron y los militares terminaron exigiendo la renuncia del Presidente y hasta intentaron secuestrarlo.

Pero el “informe” de Almagro fue destruido por cuatro análisis de académicos y prestigiosas entidades internacionales, y al final se supo que fue preparado por un investigador contratado con datos sesgados y maltratados.

Al mismo tiempo, se acreditaron violaciones a derechos humanos, civiles y políticos, incluyendo masacres, persecución a periodistas y uso de la justicia con fines políticos, a los cuales por supuesto Almagro y la OEA, junto al Grupo de Lima, no prestaron un minuto de su atención.

Pero seguían en la atmósfera la retahíla de señalamientos al gobierno de Evo Morales como un régimen despótico, de imposiciones y perpetuación, su derrocamiento como un acto de liberación con apoyo masivo, y acusaciones hasta de “narcoterrorismo”. La prueba de fuego serían las elecciones, en las que supuestamente se probaría la “unidad” para impedir que retornara “la dictadura”.

Pues bien, la prueba de fuego fue atravesada. Lejos de la unidad el golpismo se fragmentó, y aunque se temía un fraude por la dilación de los cómputos y la militarización del país, la victoria del MAS este domingo ha sido de tal magnitud que todo ha terminado cayendo por su propio peso.

Más allá del rechazo que pudo generar la repostulación de Evo en 2019 –que el propio Morales ha identificado como un “error”- el MAS demuestra ser la principalísima fuerza política del país, con un apoyo social enorme y transversal, sin necesidad de trampa alguna.

Almagro tal vez pida perdón. Ya lo hizo en 2015 en Santo Domingo, al cumplirse 50 años de la invasión que la OEA patrocinó contra República Dominicana. Si lo hace, sería igualmente hipócrita, pues después de aquel acto se develó como impenitente conspirador, golpista y violador del Derecho Internacional, al que solamente el saberse respaldado por el poder más grande de la Tierra le puede otorgar tamaña desvergüenza y sensación de impunidad.

Y cabe una reflexión. Con anterioridad hemos dicho que el único país donde se ha registrado que un golpe de Estado haya sido revertido es Venezuela, en 2002, pero que siendo justos ese mérito le corresponde a República Dominicana pues en 1965 militares, civiles y dirigentes políticos lograron derrotar a los golpistas y hacerlos renunciar, victoria que solo pudo obstruir la fuerza avasallante de Estados Unidos y la OEA.

Hoy podemos decir que Bolivia es el primer país donde una fuerza abanderada de transformaciones sociales logra vencer en las urnas a quienes le han derrocado previamente con un golpe de Estado, masacres, satanización mediática, persecución y planes de fraude electoral, bajo los auspicios de la OEA y la Casa Blanca.

Y bien podríamos pensar “¿Y si hubiera pasado aquí?”: es decir, si después de la guerra de 1965 los Estados Unidos no hubiesen mantenido su ocupación y no hubiesen impuesto a Balaguer y su dictadura títere por 12 años.

Si en 1966, con los votos de verdad, se hubiese respetado el triunfo y retorno de Juan Bosch y el PRD, y junto a Caamaño, a tantos hombres y mujeres valiosos, hubiesen tomado la conducción de la República Dominicana. Esa otra historia, que hubiera sido primicia, también le pertenecería al pueblo dominicano y, seguramente, otras hubiesen sido las páginas a escribir.